La Muerte del Benemérito

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Estaba ahí sin estarlo, el indio de mármol, la estatua eterna en su pedestal empañado, el mártir de la intervención francesa; yacía recostado sobre su lado izquierdo, apenas desdibujado por lo tintes de la noche, la figura de las proclamas liberales, digno monumento de las leyes de reforma. Tenía la mano debajo de la cabeza, una sonrisa apenas perceptible en su tez morena, daba la apariencia de estar soñando con Guelatao, la suavidad de Margarita, el cadáver desgarrado del emperador austriaco, el pasado y futuro a la vez, la sombra del buen Porfirio.

En sus pulmones indígenas faltaba el suspiro, en su corazón la llama de la vida, era él sin serlo, su alma gris no estaba dentro de aquella piel tostada. Minutos antes habían usado la cura de la época para tratar de revivirlo: una olla de agua hirviendo contra el pecho, recordatorio del infierno inescapable de los conservadores. Y el calor lo hizo reaccionar, tan sólo por unos segundos de parpadeos confusos, susurros vacíos. El mundo estaba lleno de sombras incoloras, recuerdos del instituto de Oaxaca, un pasado que lentamente se iba cubriendo de polvo. La amistad con Lerdo se le había escapado de las manos como el agua del mar, y la de Porfirio como un sueño al despertar.

Contemplando el cadáver, los médicos sólo pudieron anunciar la muerte con su voz quebrada… el país estaba herido, nunca volvería a ser el mismo. De los discursos quedaba el silencio, en el tintero secaba la pluma, a los lejos revoluciones y disparos, en la habitación del muerto llanto incomparable. Las jóvenes, llamaron a su padre, lo abrazaron cubriéndolo de lágrimas, humedeciendo su frente de tristeza. Empezaba a sentirse frío, a pintarse de una palidez terrible, el mundo entero llegaba a su fin, el país no podría seguir sin el defensor de la patria. Las leyes del país se habían quedado sin padre, la magistratura sin cargo; incluso se diría que los mexicanos habían quedado huérfanos. ¡Qué pequeño se veía el cadáver! De alguna manera falso, como otro objeto más de la habitación, nunca más volvería a hablar, pero sus palabras ya hacían eco en la historia, por la patria, la soberanía de la república, la Iglesia caía por un precipicio, el Estado por otro. Sus ojos no volverían a abrirse, se habían opacado al desaparecer en el vacío. No más elecciones, ni fraudes, revoluciones, carruajes errantes, no más… no más. El sueño de la muerte era muy diferente, con las caricias de Margarita, sus pechos, el sudor de dos que se vuelve uno sólo al mezclarse, la unión de los cuerpos, todo una sombra del pasado, el recuerdo de un cadáver inerte que encuentra su lugar dentro de un ataúd.

Adornaron la madera de discursos interminables, lo pintaron como un dios ajeno a la mentira y al dolor, un salvador de toda maldad política. Lo enterraron en el cementerio de lo irreal. Del cuerpo quedó una osamente, de las levitas unas cuantas fotografías. Su nombre, un símbolo, su imagen ascendió a los altares de la patria. El buen Porfirio le construyó un hemiciclo para honrar su memoria, los textos oficiales se encargaron del resto, y el benemérito quedó ensalzado sobre toda la creación. Así nacía la leyenda de un benemérito intocable, en su proceder perfecto, libre de toda culpa. De no haber muerto, el zapotecto seguiría vivo, en la presidencia perpetua, porque al que han llamado representante de toda democracia fue tambien la viva imagen del fraude electoral, la mentira y la traición. Tan humano como cualquier hombre, con errores y aciertos, con pasiones humanas, envidia, amor, dulzura…. No, él no, el benemérito está libre toda mancha, murió inmaculado, en su propia habitación, aquejado por una angina de pecho. Envuelto en el humo de pasado y los vapores de la historia, recostado sobre su lado izquierdo, con una mano debajo de la cabeza, bañado por las lágrimas del pueblo, uno de los cimientos de la historia hecho polvo. Todo dolor, sufrimiento por un corazón que ya no puede latir.

La silla presidencial esperaba al siguiente hombre para seducir en las terribles artes amatorias que conlleva el absoluto.

 

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Anónimo dice:

    Excelente descripción, le sucedería en la Presidencia el gran y único hombre que ha puesto a nuestro Pais a nivel de primer mundo: DON PORFIRIO DIAZ, solo que el deseo del poder por unos y otros trajo como consecuencia la revolución y con ello (hasta nuestros dias) el subdesarrollo, retraso y corrupción en todos los aspectos sin excluir partido político alguno

  2. Anónimo dice:

    “No, él no, el benemérito está libre toda mancha, murió inmaculado, en su propia habitación, aquejado por una angina de pecho” Y esa imagen de “perfeccion” que se le dio a Juarez, se la debemos al propio Porfirio quien divinizo a Benito para auto proclamarse su sucesor, ¿a poco creyeron que fue la SEP?

  3. Rodrigo dice:

    Solo 2 oaxaqueños han sido presidentes de México y ambos lo han evolucionado. MÉXICO está realizado por manos oaxaqueñas. De los 204 años de patria, casi 50 años han sido presidentes oaxaqueños.
    Gloria a Juárez.
    GLORIA a mi Gral. Diaz.

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