Yo creo que una vida debe estar llena de pasión, de esos pequeños momentos que conforman un todo maravilloso; de besos, caricias, conversaciones, sueños y estrellas.
Todos hemos conocido a una persona que marca una diferencia en nuestras vidas, y no sólo por lo que nosotros percibamos, sino por lo que otros pueden apreciar en nuestro comportamiento: sonreímos más, dormimos mejor y estamos de buen humor.
Ya les conté sobre mi madre, mi primera esposa y mi famosa amante. Tres mujeres que marcaron mi vida, pero la que más influencia tuvo sobre mi gobierno fue mi segunda esposa, la famosa Carmelita que dictó la moda de toda la nación por prácticamente treinta años: Carmen Romero Rubio.
Carmelita nació en Tamaulipas, durante el Segundo Imperio Mexicano. Su padre fue Manuel Romero Rubio, que se caracterizó por ser un lerdista férreo, y su madre una dama de sociedad llamada Agustina Castelló. Manuel Romero fue muy importante en la política mexicana, porque era la mano derecha de Lerdo de Tejada, dicho de otro modo, si Lerdo moría o renunciaba, Manuel Romero sería presidente.
Lástima para las ambiciones presidenciales don Manuel, porque yo me levanté en armas contra Lerdo usando el Plan de Tuxtepec como bandera. Gané la revolución y Lerdo no tuvo más opción que salir huyendo a Estados Unidos, y la familia Romero Rubio se fue con él.
Durante mi primer mandato presidencial estuve casado con Delfina, ella fue mi primera compañera presidencial, pero, por azares de la vida que pueden leer en el texto que escribí de ella, la muerte me la arrebató de las manos. Terminé mi presidencia con un dolor en el pecho que no podía mezclar con el poder presidencial, ni con el reconocimiento de mi apellido; sólo mis hijos me daban consuelo.
Manuel Romero Rubio regresó al país con su familia, y empezó a participar de la vida nacional otra vez. Yo era un viudo cotizado en ese entonces, y todos querían acomodar a sus hijas conmigo. Dio la casualidad que, en una recepción de la embajada estadounidense conocí a la familia Romero Rubio y me gustó mucho una de sus hijas: Carmelita. Así que se me ocurrió que ella podía enseñarme a hablar inglés, y entonces empecé a ir a su casa para que fuera mi maestra; pero yo era un hombre terco que no tenía interés en otro idioma, sino en otra esposa.
Para no hacerles el cuento largo, a un año y medio de haber enviudado, volvía contraer nupcias con esta jovencita de diecisiete años, teniendo nuestra luna de miel en Nueva York mientras Manuel González era presidente.
Ustedes no se fijen en la diferencia de edad, eso es algo que resolvimos Carmelita y yo con el paso de los años. Tanto así, que ella nunca pudo dejar de verme como alguien mayor y, por lo mismo, no pudo tutearme.
Siempre me habló de usted, con gran respeto a mi edad.
Vivir con Carmelita me cambió para siempre. A diferencia de Delfina, a ella no le interesaba la política, ni los vaivenes de los diputados y los gobernadores. Ella prefería educarme en las buenas costumbres de la época. De forma que mi aspecto empezó a cambiar, y si acaso lo dudan, pueden analizar las fotografías que me tomé durante mi presidencia: poco a poco me empecé a aclarar mi cara con polvos de arroz, mi bigote de aguacero empezó a tomar una forma más refinada y más francesa, dejé de vestir mis levitas gastadas y las cambié por modelos estilizados en plata y morado (porque eran los colores de moda).
Además aprendí a comportarme en público, digamos que dejé e escupir en las alfombras, a hablar con la boca llena y de hacer todas esas que prohíbe el Manual de Carreño y que Carmelita conocía tan bien.
De modo que poco a poco mi refinamiento empezó a inspirar al resto del país. Como he comentado con ustedes varias veces antes, los mexicanos empezaron a imitar mis levitas y los vestidos de Carmelita. El Porfiriato fue un tiempo en que los políticos imponían la moda en los vestidos, los peinados y el arte; a diferencia de estos tiempos modernos donde todo eso lo hacen actores y cantantes que ven por televisión.
Carmelita y yo fuimos pareja presidencial por muchos años, pero todo cuento de hadas no puede durar eternamente.
Pronto llegó el espiritista con sueños de locura, y mi gobierno llegó a su fin. Como bien saben (y si no, se los contaré detalladamente en otro momento), tuve que huir en mayo de 1911 a la mitad de la noche. Me fui al exilio para evitar más problemas políticas, para que no se siguiera derramando sangre mexicana.
Carmelita me acompañó a Europa, donde me cuidó los últimos años de mi vida. Me apena decir que pasó de ser mi esposa, a convertirse en una enfermera, hasta que di mi último respiro el 2 de julio de 1915.
Ella se quedó viviendo en Francia algunos años más, era una viuda joven y sin embargo me fue fiel aunque yo estuviera muerto.
Se financiaba cobrando rentas de las propiedades que había dejado en México.
¿Por qué no regresó inmediatamente a su país? Con la Revolución Mexicana en su apogeo, en la segunda y la tercera década del siglo XX, ella era un símbolo de mi gobierno, y eso la pondría en peligro. Además había inestabilidad social y económica en toda la nación.
No eran buenos tiempos para ningún mexicano.
Carmen regresó a México en 1931, y vivió en la capital por varios años. Ella fue el último símbolo de mi gobierno en perecer casi treinta años después de mi muerte el 25 de junio de 1944.
Ahora, estamos unidos en la Historia de México como el matrimonio del Porfiriato, y poco se habla de Delfina. Siempre ha sido Carmelita esto y Carmelita lo otro, y ciertamente ella se ganó ese lugar en el anecdotario popular por ser una verdadera dama.
¡La gran dama del Porfiriato!


