Don Porfirio y sus mujeres (Parte 3)

20 10 2011

Yo creo que una vida debe estar llena de pasión, de esos pequeños momentos que conforman un todo maravilloso; de besos, caricias, conversaciones, sueños y estrellas.

Todos hemos conocido a una persona que marca una diferencia en nuestras vidas, y no sólo por lo que nosotros percibamos, sino por lo que otros pueden apreciar en nuestro comportamiento: sonreímos más, dormimos mejor y estamos de buen humor.

Ya les conté sobre mi madre, mi primera esposa y mi famosa amante. Tres mujeres que marcaron mi vida,  pero la que más influencia tuvo sobre mi gobierno fue mi segunda esposa, la famosa Carmelita que dictó la moda de toda la nación por prácticamente treinta años: Carmen Romero Rubio.

Carmelita nació en Tamaulipas, durante el Segundo Imperio Mexicano. Su padre fue Manuel Romero Rubio, que se caracterizó por ser un lerdista férreo, y su madre una dama de sociedad llamada Agustina Castelló. Manuel Romero fue muy importante en la política mexicana, porque era la mano derecha de Lerdo de Tejada, dicho de otro modo, si Lerdo moría o renunciaba, Manuel Romero sería presidente.

Lástima para las ambiciones presidenciales don Manuel, porque yo me levanté en armas contra Lerdo usando el Plan de Tuxtepec como bandera. Gané la revolución y Lerdo no tuvo más opción que salir huyendo a Estados Unidos, y la familia Romero Rubio se fue con él.

Durante mi primer mandato presidencial estuve casado con Delfina, ella fue mi primera compañera presidencial, pero, por azares de la vida que pueden leer en el texto que escribí de ella, la muerte me la arrebató de las manos. Terminé mi presidencia con un dolor en el pecho que no podía mezclar con el poder presidencial, ni con el reconocimiento de mi apellido; sólo mis hijos me daban consuelo.

Manuel Romero Rubio regresó al país con su familia, y empezó a participar de la vida nacional otra vez. Yo era un viudo cotizado en ese entonces, y todos querían acomodar a sus hijas conmigo. Dio la casualidad que, en una recepción de la embajada estadounidense conocí a la familia Romero Rubio y me gustó mucho una de sus hijas: Carmelita. Así que se me ocurrió que ella podía enseñarme a hablar inglés, y entonces empecé a ir a su casa para que fuera mi maestra; pero yo era un hombre terco que no tenía interés en otro idioma, sino en otra esposa.

Para no hacerles el cuento largo, a un año y medio de haber enviudado, volvía contraer nupcias con esta jovencita de diecisiete años, teniendo nuestra luna de miel en Nueva York mientras Manuel González era presidente.

Ustedes no se fijen en la diferencia de edad, eso es algo que resolvimos Carmelita y yo con el paso de los años. Tanto así, que ella nunca pudo dejar de verme como alguien mayor y, por lo mismo, no pudo tutearme.

Siempre me habló de usted, con gran respeto a mi edad.

Vivir con Carmelita me cambió para siempre. A diferencia de Delfina, a ella no le interesaba la política, ni los vaivenes de los diputados y los gobernadores. Ella prefería  educarme en las buenas costumbres de la época. De forma que mi aspecto empezó a cambiar, y si acaso lo dudan, pueden analizar las fotografías que me tomé durante mi presidencia: poco a poco me empecé a aclarar mi cara con polvos de arroz, mi bigote de aguacero empezó a tomar una forma más refinada y más francesa, dejé de vestir mis levitas gastadas y las cambié por modelos estilizados en plata y morado (porque eran los colores de moda).

Además aprendí a comportarme en público, digamos que dejé e escupir en las alfombras, a hablar con la boca llena y de hacer todas esas que prohíbe el Manual de Carreño y que Carmelita conocía tan bien.

De modo que poco a poco mi refinamiento empezó a inspirar al resto del país. Como he comentado con ustedes varias veces antes, los mexicanos empezaron a imitar mis levitas y los vestidos de Carmelita. El Porfiriato fue un tiempo en que los políticos imponían la moda en los vestidos, los peinados y el arte; a diferencia de estos tiempos modernos donde todo eso lo hacen actores y cantantes que ven por televisión.

Carmelita y yo fuimos pareja presidencial por muchos años, pero todo cuento de hadas no puede durar eternamente.

Pronto llegó el espiritista con sueños de locura, y mi gobierno llegó a su fin. Como bien saben (y si no, se los contaré detalladamente en otro momento), tuve que huir en mayo de 1911 a la mitad de la noche. Me fui al exilio para evitar más problemas políticas, para que no se siguiera derramando sangre mexicana.

Carmelita me acompañó a Europa, donde me cuidó los últimos años de mi vida. Me apena decir que pasó de ser mi esposa, a convertirse en una enfermera, hasta que di mi último respiro el 2 de julio de 1915.

Ella se quedó viviendo en Francia algunos años más, era una viuda joven y sin embargo me fue fiel aunque yo estuviera muerto.

Se financiaba cobrando rentas de las propiedades que había dejado en México.

¿Por qué no regresó inmediatamente a su país? Con la Revolución Mexicana en su apogeo, en la segunda y la tercera década del siglo XX, ella era un símbolo de mi gobierno, y eso la pondría en peligro. Además había inestabilidad social y económica en toda la nación.

No eran buenos tiempos para ningún mexicano.

Carmen regresó a México en 1931, y vivió en la capital por varios años. Ella fue el último símbolo de mi gobierno en perecer casi treinta años después de mi muerte el 25 de junio de 1944.

Ahora, estamos unidos en la Historia de México como el matrimonio del Porfiriato, y poco se habla de Delfina. Siempre ha sido Carmelita esto y Carmelita lo otro, y ciertamente ella se ganó ese lugar en el anecdotario popular por ser una verdadera dama.

¡La gran dama del Porfiriato!





Nostalgia Porfirista I: El Cinematógrafo

5 10 2011

Soy un viejo nostálgico, me apasiona el ayer y los recuerdos de otros tiempos.

A veces me siento en la terraza del Castillo de Chapultepec, para que el atardecer me haga recordar todos esos años de gobierno que le dediqué al país, en las mujeres que pasaron por mi vida, y hasta en los revolucionarios que pidieron que me fuera del gobierno.

La verdad es que ya estoy muy viejo, me chaparon a una antigua que ya pasó de moda hace muchos años, y me cuesta mucho comprender las costumbres de este nuevo siglo. Cuando camino por las calles de esta hermosa Ciudad de México, veo situaciones que, en mis tiempos, hubieran sido inmorales o reprobadas por la gente bien.

No sé si ustedes sepan, o se los hayan enseñado en la escuela, pero nuestro país fue el primero del continente en tener un nuevo invento llamado cinematógrafo, en ese entonces era un artificio de los hermanos Lumiére que estaba revolucionando al mundo.

He de recordarle que yo nací y me crié en una época en que no había fotografías, y las reproducciones de una persona se hacían por medio de un dibujo, un grabado o una pintura. Los pobres nos teníamos que conformar con los recuerdos de nuestros muertitos.

Pues bien, para mí fue un descubrimiento importante la fotografía, porque se podían capturar espacios históricos en el tiempo, en una hoja de papel que tenía tintes en blanco y negro. Claro, que tener una fotografía era todo un evento, porque todavía se usaba nitrato de plata, y eso salía carísimo para una pobre familia oaxaqueña de clase baja como la mía.

Cuando vi una película por primera vez, fue una cosa diabólica, moderna, increíble. No solamente era una fotografía proyectada en una pantalla, sino que además esa imagen se movía. Podía reproducir los gestos de una persona, su forma de mirar, de saludar.

No podía creerlo.

Estaba siendo testigo, a finales del siglo XIX, de un invento que cambiaría la historia de la humanidad.

Poco después, Edison perfeccionaría la técnica del cinematógrafo, y lo haría más barato, y un ingeniero mexicano de nombre Salvador Toscano empezó a grabar lo que sería la última década de mi gobierno y el inicio de la Revolución Mexicana.

Asimismo, el cine empezó a adoptar ciertas características del teatro, y se empezaron a crear obras de ficción, principalmente de la historia de México. Para el Centenario de la Independencia de México se hizo una película sobre el Grito de Dolores como parte de los festejos, y la gente de todo el país pagó unos cuántos centavos para verla.

¡Ah, pero aquí es donde entra esa maldita nostalgia otra vez!

Después de las fiestas del Centenario de la Independencia, la situación política y social de mi gobierno empezó a mostrar sus debilidades, comenzaron a darse levantamientos militares  en todo el país. Luego vino la toma de Ciudad Juárez, mi renuncia, el exilio, y mi muerte en 1915. Desde entonces he sido un fantasma vagabundo entre la vida y la muerte. Voy y vengo de la tumba como me place, y ahora que he decidido regresar a la patria que me vio nacer, crecer y me colmó de honores, uno de los inventos que quise volver a probar fue el cine.

Así que hace un par de semanas me vestí con mi traje de general, me colgué todas mis medallas al pecho y tomé la mano de Carmelita, que se había puesto su mejor vestido.

El carruaje nos llevó a la cineteca más cercana.

¡Vaya desfachatez inmoral!

¿Sabían que ahora la gente no se viste elegante para ir a estos eventos públicos? Se ponen unos pantalones de mezclilla y creen que con eso ya pueden salir a la calle. Les voy a decir algo: en mis tiempos, la mezclilla era solamente para los que trabajan en los trenes y ferrocarriles, y era considerada ropa de trabajo. ¿Quién les dijo que se puede usar para ir a una cineteca?

¡Por Dios! ¿Dónde quedó la moral?

Pues mientras Carmelita estaba horrorizada viendo a la clase media vestida como clase trabadora, yo me acerqué a la taquilla y le ordené al joven que me dieran dos boletos para la función más popular que tuviera en ese momento. Me dio el título de no se qué película de terror y fantasía, y yo le dije que sí. Cuando me dijo el precio, quise mandarlo fusilar. ¡Más de un peso por boleto para función de cinematógrafo! ¿Dónde se ha visto que cueste más de unos pesos un espectáculo para las masas?

Como no quería problemas, le pagué con unos centenarios, y le dije que si no me los aceptaba, lo iba denunciar como traidor a la patria, así que no dijo más y me dio unos cartoncillos.

Regresé con Carmelita, que estaba aún más enojada. No podía creer que las mujeres del siglo XXI no siguieran el manual de Carreño, que caminaran por la plaza vistiendo pantalones como si fueran hombres, usando falda arriba de la pantorrilla, enseñando los hombros sin propiedad y, además, destapando unos escotes que no son dignos de una dama.

Le dije que lo tomara con calma, que las buenas costumbres del porfiriato habían cambiado por las de la moral relajada de las adelitas revolucionarias.

Me haya creído o no, no lo sé. Al menos se tranquilizó un poco.

Esperamos a que diera la hora, y nos acercamos a la sala que nos tocaba. ¿Sabían que ahora se tiene que hacer fila para entrar a ella? ¡Yo! ¡El abuelo de la patria esperando para ver un espectáculo!

Caminé hasta la entrada, me presenté como ex presidente de México por 31 años, y como el ignorante de la entrada no sabía quién era, tuve que mezclarme con el resto de los mortales para entrar.

Finalmente pudimos ingresar a la sala, y tuvimos enfrentarnos a que el vestido de Carmelita no entraba en la butaca, de modo que tuvimos que llamar al gerente para que le adecuaran el asiento.

Pobre de Carmen, ella sufrió más que yo con esta visita a la cineteca.

Después quince minutos después de la hora en que debía iniciar la función, se oyó el proyector que empezaba a funcionar.

¿Y el himno nacional que se acostumbraba a cantar antes de las funciones de cine y teatro? ¡Se lo pasaron por el arco del triunfo!

¡Ah, estos tiempos modernos que ya no respetan a la patria!

¿Será que soy un viejito nostálgico que no creció en sus tiempos y por eso no entiende su generación?

Me molesté mucho cuando la película no empezó inmediatamente, sino que tuvimos que aguantar un rato de anuncios de otras películas yanquis, de políticos corruptos, de series de televisión, de paletas de helado y hasta uno cerveza.

La verdad es que no me acostumbro a la cinematografía a color, en mis tiempos todo se hacía en blanco y negro. Creo que la primera película que vi a color, allá en ultratumba, fue ‘El Mago de Oz’, y ‘Lo Que El Viento Se Llevó’, pero esas si eran películas de verdad.

La primera película con sonido fue vi fue ‘Drácula’.

Para no hacerles el cuento largo, finalmente empezó la película y resultó que no era de terror ni de fantasía, sino de una ciencia ficción que, francamente, me pareció lamentable.

No recuerdo el título de la película, pero trataba sobre un futuro lejano donde un grupo de hombre en la tierra viajaba a otro planeta para extraer un mineral carísimo, pero el problema era que en ese mundo existía una raza de indígenas que no estaban dispuestos a dejar que los extranjeros saquearan su planeta. En resumidas cuentas se trataba de una analogía bastante pobre de la conquista y el mestizaje de los pueblos americanos a manos de las potencias europeas, durante siglo XV y XVI; y la historia de amor una copia miserable de a relación entre Pocahontas y John Smith.

El guionista, ignorante de la historia mundial, no supo entender a sus personajes, más que repetir situaciones sin entender el contexto histórico. El director quiso hacer una obra llena de efectos visuales para capturar al espectador, pero sin una historia fuerte que nos mantuviera interesados.

Llámenme loco, viejo, nostálgico o idiota: pero en mis tiempos el cine se trataba de contar una historia, no de embobar al que se va a sentar por horas a ver una obra cinematográfica.

Sí, ‘Lo Que El Viento Se Llevó’ estaba llena de efectos visuales increíbles, pero contaba una buena historia, y lograba que uno se entendiera con sus personajes. En este película, no pasaba la trama, pasa el tiempo y el mal humor.

¿Y la ciencia ficción? Mala. Mala. Mala.

¿Qué pasó con el futurismo de ‘Metrópolis’ que quería contar lo que la revolución industrial estaba haciendo con el hombre, o la tecnología de ‘La Guerra de las Galaxias’ que buscaba entender al imperio romano desde un punto de vista político y social?

¿Qué pasó con la cinematografía de estos últimos tiempos?

Ni Carmelita ni yo pudimos quedarnos en ese espectáculo tan lamentable, nos levantamos y regresamos al Castillo de Chapultepec.

No sé si soy yo el que no entiende estos tiempos, o la generación que vive en ellos, tal vez para ustedes esa película de monstruos azules sea un ejemplo de buena ficción. Yo me quedó con las fábulas patriotas, con mi gobierno, con el cine que contaba el declive de mi gobierno y con el invento de los hermanos Lumiére que buscaba que las fotografías vivieran en una pantalla.

Eso me pasa por ser un fantasma.  Soy un viejo nostálgico, me apasiona el ayer y los recuerdos de otros tiempos.





Don Porfirio y sus mujeres (Parte 3)

22 09 2011

Para mí, las mujeres son los seres más celestiales de toda la creación, me gusta hundir mis manos en sus pechos, acariciar sus caderas suaves y adentrarme al cálido olor de sus muslos.

Muchas desfilaron por mi vida, algunas pasaron por mi cama, otras por mi corazón, y hasta en la guerra.

Ya hemos hablado de dos mujeres que tomaron gran parte en lo que fui: por un lado mi madre, por el otro mi primera esposa. Esta vez me gustaría contarles un poco sobre una mujer con la que no compartí un lecho matrimonial, pero con la que si decidí compartir mi vida. Esta hermosa dama era de Tehuantepec y se llamaba: Juana Catalina Romero, mejor conocida como Juana Cata.

Déjenme contarles cómo la conocí, fue por ahí del año 1858 que me mandaron el Iztmo de Tehuantepec, como jefe político, a poner orden. La situación era bastante compleja por la situación en la que se encontraba el país.

¿No les llama la atención el año que acabo de mencionar?

Debería…

Un año antes se había establecido una nueva constitución de corte liberal, y todo México estaba levantado en armas. Los conservadores luchaban por los derechos que la Iglesia Católica tenía en constitución anterior, y los liberales luchábamos a favor de la nueva carta magna.

Además fue en el 59 que se establecieron las Leyes de Reforma,  eso fue como echarle leña al fuego de la guerra. En todos los estados había levantamientos armados, los generales de la República peleaban por lo que ellos creían que era lo correcto.

A mí me tocó estar en Tehuantepec, y ahí, en un billar de la zona, conocí a una mujer de piel bronceada, joven y elegante. Era, ciertamente una rosa floreciente en los campos de la patria, de una inteligencia incomparable, y además tenía un atributo que la había más apetecible para mí: era liberal.

Cuando yo la conocí era una mujer típica de la época y de Tehuantepec: trabajadora e inteligente, pero sin saber leer y escribir.

Mientras estuve en Tehuantepec, me ayudó a conseguir información de ambos bandos, porque ella (quién sabe cómo le hacía) amigaba con todos los actores de la guerra, y les preguntaba sobre lo que pensaban hacer. Luego se me acercaba y me los decía.

A nadie le sorprendió cuando empezaron a correr los rumores de que ella y yo teníamos un romance. Los dos éramos ambiciosos, nos llamaba la atención el poder, el dinero y el progreso.

Era una mujer fuerte, aguerrida, sabía de hacer negocios y cómo mantenerlos. Cuando yo dejé Tehuantepec, se pudo haber acabado nuestra historia, pero la verdad es que apenas empezaba.

Cuando yo estaba en mis campañas militares, y necesitaba esconderme en algún lado, siempre podía recurrir a ella. Incluso en algunas ocasiones me prestaba dinero o comida para la tropa, y por ello le estaré eternamente agradecido. Ella, por su parte, siempre que necesitaba un favor político, me iba a buscar para que se lo consiguiera.

Juana Cata fue una gran luchadora por el Itzmo de Tehuantepec. Así como yo quería que a México llegara la modernidad y la industria, así ella quería lo mismo para sus tierras cuando iba a pedirme esos favores o esos préstamos era para impulsar el comercio de su zona. No por nada tuvo a su cargo varios ingenios de azúcar y los exportaba a otros estados, incluso a otras naciones.

Construyó escuelas, hospitales, e iglesias.

Como ya dije antes, cuando yo la conocí no sabía leer ni escribir. No era raro en una mujer de Tehuantepec de veintiún años. Sin embargo hizo algo extraordinario que pocas féminas hacían, al cumplir los treinta años decidió que iba a aprender… y lo logró.

Con el pasar de los años, se convirtió en una mujer muy importante, y con un gran amor por su pueblo. Por ejemplo, déjenme contarles un par de anécdotas para que lo entiendan. Al empezar el siglo XX, hubo una epidemia de viruela en Tehuantepec, y los habitantes de ahí eran muy pobres para ser atendidos en una clínica o para comprar medicinas. Pues Juana Cata llevó a su médico personal a la zona y se encargó de sanar la enfermedad. También a principios del siglo viajó a Estados Unidos y a Europa, donde fue recibida por personajes importantes de la época, dicen que hasta se entrevistó con el mismo Papa.

Era una mujer admirable… sencillamente admirable.

Yo, en agradecimiento por todo lo que hacía por México, por su tierra y por mí, le mandé construir una casona con 6 cuartos, jardines grandes y un comedor para 25 personas. Además la mandé decorar con muebles traídos directamente de Francia.

Sobre nosotros se escribieron muchas historias falsas, quizás la más famosa es que ordené que las vías del tren pasaran por su casa, con el único propósito de llegar a ella más rápido, pero cualquier que haya ido a la casona de Juana Cata podrá darse cuenta que eso es sólo una leyenda de tantas que se me inventaron con tal de hacerme parecer un déspota dictador comodino.

Así, pues, Juana Cata y yo nos seguimos frecuentando de vez en cuando yo ya la ayudaba con la industria de Tehuantepec, pero llegó la ambición maderista y no tuve otra opción que renunciar a la presidencia del país para evitar el derramamiento de sangre. Tuve que salir a la mitad de la noche, como si hubiera sido un ladrón, el pueblo olvidó los actos heroicos que había hecho por él, y me atacaron en los periódicos.

En Francia no la olvidé, a veces hablaba de ella con cariño, y me lamentaba por no haberme podido despedir de ella. Finalmente llegó el infame 2 de julio de 1915, donde dediqué mi último aliento a mi querida Oaxaca. Cuatro meses después, el 19 de octubre de 1915 murió ella, de cáncer.

Desde entonces seguimos unidos por la leyenda, la historia y el romance.

Una de las mujeres de mi vida que nadie ha podido olvidar.





Más Allá de la Tumba

8 09 2011

Para los vivos, la muerte es una película como de mis tiempos: sólo puede verse a través de un filtro en blanco y negro.

Cuando alguien está muerto, sólo pueden decir: ¡Qué bueno fue Juárez! Imagínate que le llamaban el Benemérito de las Américas por haber sido un indígena noble, democrático y muy inteligente; al que se le ocurrió la frase: Entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz; y cambió al país para siempre. De no haber muerto, seguiría siendo el mejor presidente de México.

O bien: Pues el tal Porfirio Díaz inició una guerra contra Sebastián Lerdo de Tejada, la mano derecha del bondadoso Benito Juárez, porque en ese entonces Lerdo de Tejada era presidente de México. En contra de la voluntad del pueblo, Díaz asumió a la presidencia por pura ambición, y con el corazón podrido de tanta maldad, le quitó las tierras a los pobres indígenas sobrios, y se las dio a los hacendados para que ellos las explotaran; hasta que llegó un rayo de luz llamado Francisco I. Madero, apóstol de la democracia, y nos libró de la opresión y la dictadura para crear un nuevo México libre de pobreza y desigualdad.

Tal vez pueda parecerles una exageración lo que acaban de leer, tal vez opinen que me estoy poniendo senil, pero muchas personas van por la vida creyendo estas teorías.

Es más, la Historia de México se sigue enseñando así en muchas escuelas.

¿Por qué? Más allá de la tumba, desaparecen los matices y las tonalidades, se desvanecen los colores que alguna vez pudimos haber tenido.

De repente se nos olvida que Benito Juárez no era la bondad personificada, que fue un indígena terco que hubiera asesinado a la mitad del país con tal de quedarse en el poder, y que no se tocó el corazón para fusilar a Maximiliano, aunque muchos intelectuales del mundo pidieron que se le perdonara la vida, y algunos de los liberales no estábamos de acuerdo con su muerte.

También se nos olvida que, cuando me levanté en armas contra el gobierno de Juárez y de Lerdo, muchas personas estaban cansadas de ellos y sus fraude electorales. Mis partidarios y yo recorríamos el país acompañados de gritos de apoyo del pueblo mexicano: ¡Viva el general Don Porfirio Díaz! ¡Muera la reelección!.

A los vivos se les olvidan muchas cosas, o no se las saben porque nunca las vivieron y son muy flojos para investigarlas.

Deberían dejar de ver a los muertos como muñecos de cartón y empezar a cuestionar todo lo que está escrito en su historia. Tratar de entender los por qués.

Porque si tal o cual hizo algo, tuvo que haber sido por una razón humana o una ideología que lo impulsara a decir esto o realizar esta otra acción.

Por ejemplo, sólo un tonto vería a Santa Anna riendo como una bruja de cuento, mientras se acaricia las manos y piensa: soy tan malo, tan malo, que voy a vender la mitad del territorio de mi país, y me voy a quedar el dinero para ser el hombre más rico de México. Mientras sus secuaces, llevan a cabo el plan malévolo.

¡Es ridículo!

Sólo quien no entiende la naturaleza humana puede creer que yo, desde la silla presidencial ordenaría que se abriera la caja de Pandora sobre los pobres, sólo para verlos retorcerse como gusanos con limón.

La historia de nosotros, los muertos, es un poco más compleja, los llama a entender que hicimos antes de nuestros cinco minutos de fama en los laureles caducos de la patria: de las personas que moldearon nuestros carácter y, ante todo, los llama a dudar de todo lo que lean y todo lo que crean para seguir buscando respuestas.

En mí caso, puedo decirlo de forma precisa. Quién quiera entender lo que hubo en mi gobierno, y como llegué al poder después del plan de Tuxtepec, tendría antes que razonar muchas cosas: la familia con la que crecí, la relación que tuve con mis hermanas y con mi hermano Félix, también con mi madre. Las mujeres que pasaron por mi vida: desde mi madre hasta mis dos esposas, las guerras en las que participé y por qué luché en ellas. La teoría positivista con la cual goberné por 31 años, por qué creía que un sistema feudal era mejor para administrar la tierras y estaba convencido que al presidente se le debía respetar y no estar calumniándolo desde el poder.

¿Verdad que no es tan fácil? ¿Ahora me creen que, entender la vida de los que ahora estamos más allá de la tumba, es más complejo de los que todos ustedes estaban pensando?

Tacharme de déspota y dictador es opinar sin conocerme.

Calificarme de asesino y represor es hablar sin entenderme.

Juzgarme como un mal presidente es no entender mi gobierno.

Decir que todo el pueblo se unió para sacarme del poder, es no entender lo que hubo detrás de la Revolución Mexicana.

Estoy más allá de la tumba, me encuentro flotando en la inmundicia del descrédito histórico. No tengo ningún problema en decirlo: el mexicano promedio no entiende su Historia, no sabe de dónde viene, ni para dónde va. Carece de memoria histórica para no repetir sus errores. Decide vivir en una versión oficial de sus imperios, el juarismo, el porfiriato y la Revolución Mexicana, porque le es incómodo analizarse.

Quizás estos textos los acerquen un poco más a su pasado, espero que los hagan cuestionar quién fui y cómo goberné por treinta y un años. Me daría mucha ilusión saber que gracias a lo que estoy escribiendo fueron caminando a una librería y pidieron una biografía de Santa Anna, de Maximiliano de Habsburgo, de Benito Juárez, de Madero, o incluso de mí.

¿Se atreverían a conocernos, a desilusionarse con nuestros actos o a emocionarse con nuestros reflexiones heroicas?

¿Son valientes para caminar con nosotros más allá de la tumba y dejar que nosotros les contemos un cuento diferente al que ya se saben?

Entonces la muerte está abierta para ustedes, y nosotros dispuestos a recibirlos.





Sufragio Efectivo, No Reelección

30 08 2011

Hay frases que el imaginario popular se ha encargado de escribir en los laureles caducos de la patria, para que sean recordadas aún cuando los involucrados en el asunto hubieran muerto. Una de esas frases es precisamente la que lleva el título de este texto: Sufragio Efectivo, No Reelección.

A muchos de ustedes les enseñan que Francisco I. Madero acuñó la frase para levantarse contra de mi gobierno, y lo creyeron sin preguntar. La verdad es que Madero no inventó esa frase ni se la dictó uno de los espíritus que invocaba; esas cuatro palabras las escribí para el Plan de la Noria.

¿No lo conocen?

Imagino que han escuchado de los últimos años de Benito Juárez, que les vendieron la idea de cómo era bueno y respetuoso de la Constitución. La verdad es que él era muy diferente, dispuesto a quedarse en la silla presidencial había recurrido a todo tipo de chantajes, compra de votos y fraude electoral.

En 1871 hubo elecciones en México, y participamos Juárez, Lerdo y yo. Ciertamente Don Benito y yo éramos los más populares, yo como héroe militar y él como el presidente en turno. Hicimos campaña, y esperamos a que se contaran los votos.

¿Los resultados? Lerdo de Tejada contaba con casi 2,900 votos, yo con 3,500 y Juárez con 5,800.

Escribí, entonces, el Plan de la Noria en donde desconocía a Benito Juárez como presidente, precisamente, por el fraude electoral. Y fue en ese plan donde escribí la frase: Sufragio Efectivo, No Reelección.

A mi revolución se unieron personajes importantes de la época: mi hermano Félix, Trinidad García de la Cadena, Luisito Mier, Jerónimo Treviño, Donato Guerra, entre otros. Hubo alzamientos en todo el país, y como es normal, Juárez ordenó reprimirlos.

Por desgracia, en la Revolución de la Noria no me fue tan bien como yo esperaba: esta guerra mía duró un año, y el pueblo se cansó de apoyarme. Fui perdiendo fuerza, se me escaparon las plazas que había ganado… y de repente, cuando ya no sabía para dónde moverme, recibí la noticia de que Juárez había muerto.

A la presidencia subió Sebastián Lerdo de Tejada, que era el presidente de la Suprema Corte. Además todos sabíamos que Lerdo era la mano derecha de Juárez, y esperábamos que en cualquier momento asumiera la presidencia.

Como era de esperarse en su gobierno victorioso y en nuestro ejército vencido, se nos ofreció una amnistía que Juárez ya nos había ofrecido en vida: se nos perdonaba de todo delito cometido en la revolución, pero se nos acusaba de traidores y se nos impedía seguir con nuestros grados militares, nuestros títulos y honores, con los salarios que todos ellos traían.

En resumidas cuentas, nos dejaban en la calle, sin ingresos económicos y sin ganas de armar otra revolución.

Ese tiempo fue muy duro para mí, acepté la amnistía y me quedé sin dinero…

Fue en ese momento que vendí mucho de lo que tenía por unos cuantos centavos para comer. ¿Se imaginan al héroe de la guerra de intervención francesa caído en esas circunstancias? ¿Se imaginan al presidente de los bigotes afrancesados vendiendo su silla de montar para poder comer un plato de frijoles? Suena difícil que ustedes puedan conocerme en una de las peores épocas de mi vida, pero así fue…

Esta es la historia del Plan de la Noria y de cómo la perdí, también es la historia de cómo fue acuñada la frase: Sufragio Efectivo, No Reelección. En contra del fraude electoral de Benito Juárez, y de su reelección indefinida.

Me apenas decir que, años después, a principios del siglo XX, hayan usado una frase escrita por mí en contra de mi propio fraude electoral y mi reelección indefinida en la presidencia, pero en ese entonces ya no era el mismo, no era el idealista que creía que la democracia lo resolvía todo. Al final de mi gobierno estaba convencido que yo había salvado a México de más guerras civiles, del caos total y la crisis económica, y no veía a nadie a mi alrededor con tamaños suficientes para sucederme.

Ahora bien, volviendo la frase, como Madero la usó durante la Revolución Mexicana, ahora se le atribuye a él todo lo que desencadenó, pero en realidad su historia va mucho más atrás, a mí, a Juárez a Lerdo.

Por eso, cuando tomamos una frase que se ha enaltecido en los laureles caducos de la patria y la desmenuzamos en pequeños hilos de plástico dorado, podemos analizar de dónde vino, quién la dijo y bajo qué circunstancias. Casi siempre nos encontraremos con que no fue cómo nosotros pensábamos, o cómo nos la ha vendido la historia oficial todos estos años.

Así que, la próxima vez que escuchen Sufragio Efectivo, no Reelección, por favor piensen en mí levantándome contra Juárez, no en Madero robando frases de mi Plan de la Noria.

Por favor.





Don Porfirio y sus mujeres (Parte 2)

24 08 2011

La vida es una pasión que debe experimentarse, y las caricias de una mujer son una expresión que debe sentirse a todas las edades.

Tengo una justa fama de mujeriego, y estuve rodeado de mujeres toda mi vida. Tanto de las que amé profundamente, como las que me acompañaron como parte de mi familia. En el texto pasado les conté la historia de mi madre: una oaxaqueña fuerte que me sacó adelante con la fuerza de sus convicciones, pero esta vez les contaré sobre mi sobrina carnal, mi primera esposa, mi Delfina.

Su historia comienza realmente en 1844, con mi hermana Manuela. Ella vendía rebozos para mantener a la familia, que era una costumbre común entre las personas humildes de la época. No sé por qué, pero a veces todavía sueño con el color de esos rebozos, con el telar improvisado que habían hecho mis hermanas para crearlos con sus dedos morenos. Parece que eso es lo único que me queda: los recuerdos, las memorias que a vecen marchan ante mis ojos, y luego desaparecen.

Mi hermana salía a las calles con esos rebozos al hombro, y los vendía a las damas de sociedad que pudieran costearlos. Así fue cómo conoció a un médico, botánico, cartógrafo y naturalista muy pedante llamado Manuel Ortega. Sólo Dios sabrá qué le habrá dicho él a Manuela para enamorarla, y qué habrá pasado en la cabeza de mi hermana en esos momentos, pero iniciaron un romance bastante inmoral para la época.

¿Quieren saber por qué? Él ya esta comprometido con una mujer, y ella estaba entregando lo más valioso que tenía una mujer de mediados del siglos XIX: su virginidad.

Entre esas escapadas, besos y caricias, mi hermana Manuela quedó embarazada.

¡Imagínense el escándalo cuando todos en la familia nos enteramos! Al principio mi hermana Manuela intentó negarlo, pero no podía esconder su panza. Por supuesto el doctor hizo lo que cualquier hombre haría en sus circunstancias, y lo que yo hice (me apena confesarlo) varias veces: le echó la culpa de haberse embarazado y se desentendió por completo. Cuando nació la niña no la reconoció.

Como dije en el texto anterior, al cumplir los 18 años, se convirtió en mi obligación hacerme cargo de toda la familia ¿Por qué? Porque era el hombre mayor de la casa, mi padre había muerto. Entonces también tuve que encargarme de que Delfina tuviera ropa, zapatos, mis hermanas se encargaron de que aprendiera lo necesario para ser una buena esposa: a leer y escribir, a cocinar, a coser y a bordar.

Delfina perdió a su madre a los once años, y por eso vivió con mi hermana Nicolasa desde entonces.

No recuerdo cuando empecé  enamorarme de ella, estaba muy ocupado con mis labores militares para darme cuenta de que crecía en gracia y belleza, hasta convertirse en una jovencita que derrochaba luz en todo su ser. Creo que de lo primero que me enamoré fue de sus ojos, de su piel morena, de sus pechos… no lo sé. Toda ella me embrujó, y empecé a mandarle cartas de amor, y ella las regresaba con las mismas palabras enamoradas.

Imaginarán correctamente cuando les diga que nuestra relación no fue aprobada por la familia, era pecado que dos familiares sintieron deseo carnal entre ellos. De cualquier forma decidimos que habríamos de casarnos, lo hicimos por lo legal solamente… pues la Iglesia jamás consentiría casar a un tío con su sobrino; e incluso para los asuntos legales se requería pedir un permiso especial.

Suerte que yo empezaba a ser una persona importante en la política nacional y estaba conectado con políticos importantes. Por cuestiones militares no pude estar presente, así que nos casamos por poderes el 15 de abril de 1867.

Ahora, en cuanto a mi vida matrimonial con ella, no fue nada fácil. Mi matrimonio con Delfina coincidió con mi época militar más importante. Mientras ella se quedaba en casa, yo salía a luchar contra el Imperio de Maximiliano, luego contra la dictadura de Benito Juárez y contra el fraude electoral de Lerdo de Tejada. Delfina fue muy paciente con mis locuras, mis ambiciones y mis guerras. De todas maneras la visitaba de cuando en cuando y manteníamos relaciones calientes que dieron fruto a varios hijos.

Primero estuvieron Porfirio Germán, Camilo, y Laura Delfina de la Luz, pero enfermaron y murieron. No sé si fue por una enfermedad o por alguna cuestión biológica porque Delfina y yo éramos parientas carnales. Tal vez nunca lo sepa, pero para ella fue un golpe desolador.

Estaba convencida que Dios la estaba castigando por haberse casado con su tío.

Luego nacieron dos hijos más, que vivieron muchos años y me sobrevivieron después de que yo hube muerto: Deodato Lucas Porfirio (mejor conocido como Porfirito), y Luz Aurora Victoria.

Finalmente nacieron Camilo y Victoria Francisca, pero también murieron. Delfina quedó muy mal después de haber dado a luz a nuestra última hija. El médico nos dijo que solamente viviría poco tiempo. Ella lo sabía, por eso me pidió que nos casáramos por el rito católico. Ahora no viene el caso como convencí al obispo para que lo hiciera, pero nos casamos.

Y murió…

En ese momento era yo presidente, y por lo tanto ella era mi primera dama, y recibió funerales de estado.

Mi Delfina era una mujer admirable, llena de talentos, le gustaba leer el periódico todos los días y siempre me preguntaba sobre política. Quería entender, quería saber, comerse el mundo a un bocado y vivió tanto que se me escapó de las manos.

Y nunca pude olvidarla.





Mátalos en Caliente…

17 08 2011

No es fácil para mí ver que me han convertido en el villano de la historia. Para mucho historiadores, especialmente aquellos que sólo trabajan por quincena, sólo existen dos tipos de personajes históricos: los de bronce que han subido a los altares de la patria en pedestales de cristal, y los villanos que llegaron al país con la única misión de destruirlo. Lo malo no es que conciban esta historia pintada con dos colores tan opuestos, sino que la enseñen así a los niños en la escuela, y que éstos traguen completa sin corroborarla en el mundo de los libros.

De esta manera, para muchos de ustedes los personajes de la historia de México son figuras de cartón que, sin sentimiento alguno, actúan mecánicamente a favor  o en contra de la patria de la patria.

Pero ¿Es más grande Miguel Hidalgo que Agustín de Iturbide, Benito Juárez que Maximiliano de Habsburgo, o incluso Francisco I. Madero que yo? Simplemente fuimos personas con una pasado, una ideología, una forma de ser, y eso no los hace ser héroes o villanos: nos hace ser personas.

Sin embargo, y por más utópico que me pueda sentir con respecto a la historia de México, creo que mi manera es una forma muy inocente de leer la historia. Lástima que no haya cambiado en todos estos años que estuve fuera del país, donde en lugar de recordarme como una persona con errores y aciertos, con amor a su patria, como una figura militar de las batallas del 5 de mayo y del 2 de abril (entre otras), me han convertido en una especie de demonio. Lo leyeron bien. Me han convertido en una sombra que amenaza todo lo que es bueno y correcto, según los historiadores de quincena, para el país. ¿Por qué será que estos mismos estudiosos olvidan convenientemente que durante mi gobierno hubo un avance tecnológico, y económico, que hice muchas cosas buenas?

¿No será que es más fácil culparme de todo lo que está mal en el país? Que si el PRI hizo tal, es porque seguramente se lo copiaron a Don Porfirio… que si el PAN hizo esto otro, ha de ser porque son los herederos de Don Porfirio… y si el PRD propuso este reforma, es porque estaban pensando en Don Porfirio. ¿Pobreza? Don Porfirio. ¿Crisis? Don Porfirio. ¿Ignorancia? Don Porfirio. No importa que haya luchado por crear la clase media, por la creación del ministerio de Educación, por que hubiera leyes que protegieran a los trabajadores, y que muchos de esos muertitos que me achacan, los hemos heredado desde la colonia, y éstos a su vez del imperio azteca.

¿Por qué culparme a mí? Para que los vivos puedan ponerle nombre y apellido a los problemas. No fue la colonia, fue Porfirio Díaz.

Y en ese plan de convertirme en el villano de la historia, es muy interesante que tomen pasajes de mi vida y los saquen de su contexto histórico. Seguramente el más importante de ellos es aquel de: ¡Mátalos en caliente!

¿A poco no les vendieron en la primaria esta idea de que había arrestado a un montón de inocentes y por la gran fuerza oscura y demoniaca que habitaba en mi alma los había mandado fusilar nada más porque sí?

Nada más falso.

Déjenme contarles la historia. No sé si recuerden cómo llegué al poder, me levanté en armas en contra del fraude electoral de Lerdo de Tejada, y al ganar la guerra se hicieron elecciones. Los lerdistas de la época eran en su mayoría juaristas, lo que significaba que llevaban varios años en el poder.

Bastantes, si me preguntan a mí.

Así que, cuando llegué a la presidencia y perdieron ese poder, empezaron las conspiraciones para quítarmela. Hubo levantamientos armados esporádicos, y pude reprimirlos. Precisamente uno de ellos sucedió en Veracruz en ese 1879 cuando un montón de lerdistas planeaban un movimiento militar en mi contra. Incluso armaron un pequeño ejército de 500 h0mbres. El gobernador, Luis Mier y Terán, logró arrestar a todos los conspiradores y me mandó un telegrama para preguntarme qué hacer. Era un movimiento poco ortodoxo, pero se trataba de un levantamiento en mi contra y además mi hijo Porfirito estaba en el Estado. Mi respuesta a Luisito Mier fue un telegrama cifrado en el que ordenaba: “Mátalos en Caliente”.

¿Los maté porque yo era malvado o porque quería desquitarme con el pueblo o porque ellos era inocentes palomitas? Levantarse en contra de un gobierno representaba un riesgo y más en el siglo XIX donde la forma de contener las conspiraciones era fusilando. ¿O me van a decir que fui el único presidente que fusiló sediciosos? Benito Juárez lo hizo muchas veces y ahí lo tienen empotrado en los laureles caducos de una patria de plástico. El mátalos en caliente, al igual que el resto de mi gobierno, no puede sacarse de su contexto histórico porque no se entiende. No fue un momento negro de la historia, ni iba en contra del pueblo.

Lamentablemente, en el momento de la revolución mexicana, los magonistas y los maderistas revivieron la historia ante el público, pero de forma en que los muertos se vieran como inocentes y yo como un dictador endiablado. Claro que los magonistas eran pseudo periodistas, tergiversaron la información a su conveniencia.  La historia siguió enseñándose así hasta nuestros días, en que ya se está estudiando mi persona con una nueva luz que revelara la verdad.

Ahora que si quieren seguir pensando en mí como un asesino de personas inocentes, adelante.

La ignorancia histórica sigue siendo un derecho de la masas.








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